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Cual es la función del traductor publico
¿Qué es un traductor público?
Antes que nada, un traductor público es un traductor, a secas. Es decir: domina las técnicas y cuenta con las herramientas necesarias para que un texto pueda volcarse de un idioma a otro con la máxima fidelidad y precisión, y para que el evitar que el resultado sea el que podría obtener cualquier aficionado. Con este mismo propósito, conoce a fondo uno y otro idioma para que esas palabritas “engañosas” y esas frases oscuras que existen en toda lengua no sean un obstáculo para la comprensión y lógica de un texto dado.

Aunque parezca una tarea sencilla, no lo es. Se trata de un trabajo artesanal, que se realiza palabra por palabra, frase por frase, párrafo a párrafo, que lleva un cierto tiempo, un gran esfuerzo y muchos conocimientos, no solamente de los idiomas con que se trabaja sino, también, de la materia respecto de la cual se traduce y de la naturaleza del documento sobre el cual se trabaja. Son numerosas las herramientas y técnicas necesarias para hacer un buen trabajo, no solamente conocer el idioma desde el que se traduce y el idioma al que se traduce.

El traductor público, además, es el que se ha graduado en una institución universitaria que expide dicho título. Los traductores públicos, cuando estamos matriculados en el Colegio de Traductores Públicos (en mi caso, el de Capital Federal), estamos habilitados para firmar y sellar nuestras propias traducciones; así, en virtud de nuestros conocimientos y del título universitario que nos avala, y una vez que el Colegio ha certificado que en verdad estamos matriculados, nuestras traducciones son válidas para ser presentadas ante organismos nacionales, internacionales, en juicios, procedimientos administrativos y ante toda autoridad que requiera que la traducción sea realizada por un profesional competente, debidamente graduado y matriculado.

¿Por qué confiarle un trabajo a un traductor público?

Si usted necesita hacer traducir un texto cualquiera, desde un contrato que necesita presentar ante una repartición oficial (traducción pública) hasta un trabajo científico (traducción no necesariamente pública), tiene usted en el traductor graduado en una institución universitaria un aliado inapreciable para hacer de su texto original una traducción excelente. Cuidar el estilo, la ortografía, la puntuación, la terminología, el impacto que cause la traducción en el lector son todas tareas atinentes al traductor; una persona que solamente “sabe inglés” (o cualquier otro idioma) no cuenta con las herramientas con que sí cuenta un traductor. Sólo una traducción realizada con excelencia de un traductor graduado, en la cual éste haya puesto en juego todas las habilidades aprendidas durante la formación universitaria le permite presentarse ante los demás con la imagen impecable que usted desea y merece transmitir. Ahorrarse los honorarios de un traductor puede resultar, a la larga, un error muy caro.

Dale la traducción a Fulano, que es “nativo”...

Otro error común es el de encargar una traducción a un nativo. Piense una sola cosa: el hablante nativo que no sea traductor de profesión es como un paciente cardíaco: sabe un poquito, de oídas, sobre el corazón. Pero si usted tiene una enfermedad cardíaca, debe consultar al cardiólogo. Sólo él es el profesional. Con los traductores sucede lo mismo: somos los cardiólogos, los expertos. Los nativos (y los profesores de inglés que no son traductores) son apenas enfermos cardíacos.

Mi mensaje final

La nuestra es una profesión cuya cantidad de miembros crece cada día; pero pocos de nosotros somos auténticamente idóneos y lo bastante honestos como para decir, eventualmente, que “no” –aun en detrimento de nuestra economía- a una traducción cuyo tema no sabemos abordar. Lo aliento a que, cuando necesite realizar un trabajo en otro idioma, consulte con un traductor universitario. Mi idioma de matrícula es el inglés, y mis datos se encuentran al pie, pero también lo aliento a que me consulte por otros idiomas. Conozco colegas sumamente capaces para resolver la traducción de cualquier tipo de texto o documento, siempre con profesionalidad, trato personalizado, honorarios razonables y puntualidad en los plazos comprometidos.

Atentamente,

Luisa Fernanda Lassaque
La traductora de películas
Soy traductora de películas y documentales. Es una profesión que me llena de orgullo; en primer lugar, la de ser traductora, a secas; en segundo lugar, la de ser traductora de películas y documentales.

Ya cuando yo era chica, mi mamá se había tomado el trabajo de explicarme qué era eso del doblaje; nos reíamos de las voces portorriqueñas que reemplazaban a la voz original de Ben Cartwright, por ejemplo, en una de mis series preferidas, “Bonanza”, o de la voz de Richard Kimble en la serie favorita de mi vieja, “El fugitivo”. Y fue desde allí que, en algún rincón de mi ser, comenzó a gestarse las ganas de “hacer eso que hacen esos señores a los que nadie ve”, que es fabricar nuevos parlamentos, en otro idioma, para que otros señores, que tampoco nadie nota, los volvieran a locutar para que, en otro país, con idioma diferente, se pudieran ver esas películas que se hacían en “Norteamérica”.

Con el tiempo, y casi sin que yo hiciera nada para lograrlo, el sueño se convirtió en realidad: de pronto, un día de marzo de 1999, me encontré con un cassette de VHS en una mano, un libreto en la otra, y el encargo de que tradujera ese documental. Y es desde ese momento que no puedo dejar de hacerlo. Alguna que otra vez me planteé darle un curso más firme a la especialización con la que salí de la UBA, la traducción jurídica, pero el impulso es más fuerte. Sin ser una fanática del cine, no puedo despegarme del material fílmico desde su faceta de la traducción. Casi, casi siento lo que debió haber sentido ese barrendero que trabajaba en Disneylandia. Un día, un gerente se detuvo a hablar con él, no sé por qué motivo, y descubrió que ese humilde portero tenía ciertos estudios y cierto nivel intelectual. El gerente le preguntó que por qué no se procuraba otro puesto, dentro mismo de Disneylandia, que le proporcionara más dinero y una mejor posición. A esto, el barrendero le respondió: “Ni loco. ¿Y perderme el mundo del espectáculo?”.

Yo siento que, a mi manera, pertenezco al mundo del espectáculo. Es muy emocionante ver, a las pocas semanas o días de traducido un documental o subtitulado una película, verlos en pantalla. Sobre todo el documental, que tiene voz humana. El subtitulado es muy “seco”, muy “parco”, por su naturaleza misma: ser una excelente síntesis de lo que dicen los actores. Pero reconocer lo que una ha escrito, los méritos que ha logrado arrancarle a un libreto que estuvo escrito en un idioma tan distinto del castellano, encontrar esos giros, esas palabras, es muy emocionante.

El objetivo de este artículo, sin embargo, era otro: estuve revisando varios sitios de Internet dedicados a hablar del remanido tema de la traducción de los títulos de las películas. No voy a incursionar en este tema más que para decir que los traductores no participamos del proceso de elección del nombre y posterior bautizo de ese nuevo vástago que es la película que llega desde “el extranjero” para ser exhibida en la Argentina. Al menos, en mi experiencia, yo traduzco la película y hasta puedo sugerir un título, pero la decisión final de cuál va a ser ese título la toma la distribuidora solamente en función de cuestiones marketineras; en buen criollo, se le pone un nombre adecuado para que la “compre” la gente, para que vaya a verla. En esos sitios de Internet, se clamaba al cielo por que los traductores dejáramos de ponerle esos títulos a veces mal traducidos, a veces, ridículos, a las películas. ¡No somos nosotros! ¡Son otros! (diría uno de los Orozco).

Y, por otra parte y ya como último comentario, quiero decir que, en su gran mayoría, no me disgustan los títulos que se les ponen a las películas, aunque estén mal traducidos o aunque nada tengan que ver con el título original. Como dije en el párrafo anterior, la película goza de un rango igual que cualquier otro producto que desee venderse, bien sea un pomo de dentífrico o un auto de lujo. Entonces, hay que bautizarla con el título que más despierte el interés del público y que más venda. Así de sencillo. En estas lides, consideraciones como el estilo o la pureza del idioma no corren. Me parece que entenderlo así es saber ubicar el lugar del traductor y ubicarse, los críticos de los traductores, en cuáles son las cuestiones relacionadas con la traducción por las que sí vale la pena mesarse los cabellos y rasgarse las vestiduras, y por cuáles no.

Hasta la próxima.

Luisa Fernanda Lassaque
La dura tarea de aprender (y enseñar) inglés: algunos comentarios
Los siguientes son los motivos de llanto, dolor y pesar, al aprender y enseñar inglés, con los que más frecuentemente me encontré.
Adquirir la habilidad de aprender a escuchar
El famoso “listening” nos trae más de un problema: escuchamos una cinta en inglés, de cualquier nivel, y nos queda la impresión de que entró por nuestros oídos sólo un pasticho compacto del cual no podemos distinguir más que alguna que otra palabrita suelta. A mí, personalmente, me resultó muy difícil, en mi época de estudiante, lograr abrirme paso en esta habilidad; sin embargo, me di cuenta de que cuanto más escuchaba, cuanto más me “exponía” al idioma, más y mejor entendía. Es decir, se trató de una cuestión de paciencia y de bancarse más de un momento de frustración.

¿Les puedo sugerir, a quienes gusten tomarla, algunas técnicas para mejorar la capacidad de escuchar en inglés?

1) Comiencen con cintas de audio o de video adecuados a su nivel de inglés. No pretendan escuchar y entender la CNN o una película cuando tienen un nivel elemental de inglés.

2) Vayan avanzando de a poco; de lo contrario, la frustración hará de vosotros presa fácil. Si comenzaron con cintas de audio de libros de texto, sigan en orden progresivo de niveles, del mismo libro o de otro.

3) Escuchen una misma grabación muchas, pero muchas veces; no importa que se aburran; y si se saben el texto de memoria, ¡mucho mejor! Es el primer e importantísimo paso para retener frases y palabras, y poder reconocerlas, después, en otras grabaciones o material de audio.

4) No tengan timidez de valerse de las transcripciones que, normalmente, acompañan a estas grabaciones, y que suelen estar en el “teacher’s book”. Pero, claro, primero intenten escuchar la cinta y entenderla sin estar leyendo al mismo tiempo la desgrabación, y sin haberla leído antes.

5) Con respecto a lo anterior, las revistas tipo “Speak Up” o similares son muy buenas para ablandar los oídos medio duros. Suelen traer notas interesantes, las grabaciones son de un nivel aceptable a muy bueno, y a veces están muy baratas en algunas librerías de la avenida Corrientes.

6) Si ya lograron un cierto nivel y quieren aventurarse con la CNN o la BBC, les sugiero que no se “tiren” de lleno a escuchar, porque hablan rapidísimo y se van a sentir frustrados por no entender. Graben, con un cassette de video (ay, qué antigüedad), unos 15 minutos de algún noticiero o programa que les interese, y escuchen una y otra vez esos 15 minutos, como si fuera una cinta más de audio de un libro cualquiera de texto. Cuando sientan que lo entendieron, vuelvan a grabar otros 15 ó 20 minutos y repitan el proceso. Recién cuando se sientan seguros aventúrense a escuchar el noticiero completo. Y un detalle: si notan que el movimiento de los labios los distrae, escuchen solamente, desviando la mirada (parece una tontería, pero evitar la imagen potencia la “apertura” de las orejitas).

7) Creo que el último paso debería ser escuchar películas y canciones. Respecto de las películas: sigan los mismos pasos que en el punto anterior: escuchen de a tramos y, por favor, TAPEN, SIN EXCEPCIÓN, LOS SUBTÍTULOS. Se van a tentar, y los van a mirar, y así no vale. Elijan películas fáciles para comenzar: decídanse por un Tom Hanks y un Denzel Washington en “Filadelfia” (sobre todo, a los que, como a mí, les gusten las películas de juicios), pero eviten al Tom Hanks de “Salvando al soldado Ryan” porque, en medio de la batalla, habla a los gritos y no se entiende nada. También Anthony Hopkins es un regalo para los oídos, por ejemplo en “Lo que queda del día” y, por qué no, en la saga de Hannibal Lecter. Creo que, en una primera etapa, la clave está en elegir películas donde se hable un inglés estándar, en situaciones pausadas, donde los actores no se “pisen” entre ellos (como en las películas de Woody Allen). Eviten, para empezar, comedias donde los diálogos se sucedan muy rápido, o donde haya grupos étnicos muy radicalizados (que hablan muy entrecortado y, a veces, recurren a un argot incomprensible, como los raperos), o películas en cuyos diálogos se empleen vocabularios muy especializados: droga, apuestas, energía nuclear, aviones, etc.

Lo mismo vale para las canciones: no pretendan entender “Smoke on the Water” de entrada, con el ruido de una banda de rock completa. Comiencen con las baladas, con los temas lentos, y, ahí, sí, ayúdense con la letra, porque los instrumentos distraen y mucho.

El mito de las “clases divertidas”

Más de una vez me preguntaron si yo daba clases “divertidas”. En general, quienes lo preguntan son personas, de toda edad, que no tienen muchas ganas de aprender inglés pero que necesitan hacerlo por alguna cuestión apremiante: se lo exigen en el trabajo, tienen que levantar notas en la secundaria, lo necesitan como materia suplementaria en la facultad, tienen que viajar, etc., y, paralelamente, carecen de motivación. Ambas características, situación apremiante y carencia de motivación, suelen ser un cóctel fatal que deriva en la exigencia de que la clase sea “divertida”, lo cual tiende a “tapar” la falta de ganas de sentarse y estudiar.

Vamos a poner las cosas en su lugar: esto de las clases “divertidas” es un argumento al que echan mano muchos profesores e institutos para atraer clientes. Es decir, es marketing puro, y de educación, cero. La motivación del alumno es fundamental; es igual que intentar “llevar” a alguien a terapia. Si esa persona no siente la necesidad de ser ayudada, de poco valdrá la imposición.

Respecto del material, hay varias cosas para decir: quien haya visto algún texto de inglés de los años sesenta o setenta, se dará cuenta de que, en efecto, el abordaje es muy acartonado y parecen enseñar un inglés divorciado de las situaciones cotidianas en que puede utilizarse el idioma; además, las pocas ilustraciones que contenían no ayudan a que el alumno se acerque al texto con un mínimo de simpatía.

Los libros actuales representan un gran avance al respecto: agregaron fotos a todo color, ilustraciones lindas, fragmentos (a veces, adaptados) de notas periodísticas, crucigramas y acertijos. Es decir, hicieron de la experiencia de aprender inglés algo ameno, que es muy distinto a que sea “divertido”. Porque el concepto de “divertido” que tienen algunos alumnos parece implicar que el profesor deba ser una mezcla de Jerry Lewis con Georgina Barbarrosa, y hasta deba tener cualidades histriónicas y de comediante para complacer al alumno que está allí, sentado en el aula, en contra de su voluntad.

También fue interesante el avance que significó reforzar la enseñanza del inglés con textos reales, es decir, periódicos y revistas. Esto también hace a que la enseñanza y el aprendizaje sean amenos, ya que nos da la impresión constante de que, fuera de esos artículos que nos trae el profesor, vamos a poder abordar casi cualquier otra revista o periódico (dentro del nivel de cada uno, claro está). Los libros “viejos” nos limitaban a las lecturas que en ellos se encontraban, y uno sentía miedo de abordar un texto “real” porque nos daban la impresión de aprender un inglés circunscripto a un vocabulario reducido.

El aprendizaje de inglés a través de canciones

Ésta es otra cuestión urticante, y se deriva de los dos artículos anteriores. Esos alumnos que reclaman “aprender inglés con canciones” y que, además, argumentan que “van a aprender mejor con una canción, porque son divertidas” suelen ser alumnos de los niveles elemental e intermedio con poca motivación para hacer lo que hay que hacer, fatalmente, en esas etapas: sentarse y estudiar, y limitarse a escuchar las cintas con las que viene el libro de texto.

Como dije en el primer artículo, es altamente contraproducente sumergir al alumno en un material de nivel superior a aquel en que se encuentra, porque rápidamente sobreviene la frustración; y las canciones son, claramente, un material avanzado. Pero, claro, tentados por una forma “fácil”, una vía “rápida” para aprender inglés, ciertos alumnos reclaman este método, con resultados desastrosos: ni aprendieron inglés, ni entendieron la canción, y se aburrieron de escuchar sesenta mil veces la misma canción en su intento por entender, apenas, la primera frase.


Para finalizar estos tres artículos, entonces, una breve conclusión: cada etapa, cada material, tiene que darse a su tiempo. Hace falta tenerse mucha paciencia para aprender inglés, no porque sea un idioma difícil sino porque debemos replicar un proceso que fue natural en nuestra niñez (el de aprender nuestro idioma materno) cuando somos ya más grandes y tenemos inhibiciones para pronunciar, nos falta tiempo para sentarnos a estudiar y, a veces, ni siquiera nos alcanzan las ganas. Pero les aseguro que este proceso rinde muy buenos frutos; es un proceso, por momentos, de resultados imperceptibles; pero si nos situamos en, por ejemplo, noviembre de un cierto año y nos comparamos con cuánto inglés sabíamos en marzo de ese mismo año, veremos que la diferencia es alentadora y que vale la pena seguir adelante.

Por qué estoy a favor de las pruebas de traducción
Sí, estoy a favor de las pruebas de traducción. Se trata de un tema urticante, sobre todo porque cada tanto se alzan voces, en diferentes foros y listas de correo electrónico, en contra de la prueba de traducción sobre la base de que “el título universitario es suficiente documento habilitante, y probatorio de la capacidad y pericia del traductor, y ya bastantes exámenes rinde un traductor durante su carrera como para andar rindiendo pruebas”, o argumentos similares.

Quiero analizar la cuestión por partes: es cierto: el estudiante de traductorado rinde una enorme cantidad de exámenes durante la carrera, y exámenes bien difíciles, permítaseme decir. Y también es cierto que, según el régimen vigente en la Argentina para todas las carreras, el título obra como instrumento bastante para justificar que el profesional al que corresponde ha satisfecho todos los requisitos de la carrera (estudiar y aprobar los exámenes, además de los pertinentes trámites administrativos que implica toda carrera), y no hace falta rendir exámenes suplementarios, como sí sucede, por ejemplo, para los abogados en Estados Unidos y en Inglaterra. Pero también es cierto que hay profesionales y profesionales. Hay analíticos y analíticos. Y lamentablemente el título no consigna el promedio con el que se recibió el profesional. Entonces, yo no sé si estoy tratando con un traductor que se recibió con las notas mínimas, y que vivió “zafando” cada examen (he tenido compañeras de esta calaña, así que los conozco), o si se recibió con promedios interesantes que muestran que se preocupó de plantar el traste en el asiento y estudiar responsablemente.

Pero no quiero caer en la sobresimplificación de que forzosamente un promedio alto implica ser buen profesional (en este caso, buen traductor); también me ha tocado ser compañera de “buenas estudiadoras”, que se recibieron con excelentes notas, pero que, una vez puestas a ejercer la profesión, no saben por dónde empezar: no saben tratar al cliente, no saben cuánto cobrar, se “abatatan” con una traducción “en serio”, no saben cómo plantearle los términos de la prestación del servicio al cliente, entre otros problemas. O bien eran excelentes alumnas de las materias teóricas, donde toda la ciencia se reducía a aprenderse textos casi de memoria y vomitarlos en un examen; y respecto de las materias de traducción, donde hay que hacer efectivamente lo que una hará en su vida profesional, no sabían por dónde empezar, resultaban ser bastante “de madera”, pero los dieces que se sacaban en las materias teóricas “emparejaban”, en el promedio, las notas bajas de las materias de traducción, y no se notaba el abismo en el rendimiento que había entre un grupo de materias (las teóricas) y el otro grupo (las prácticas).

Éste es un primer motivo por el cual considero que es importante estar abiertos, como profesionales, a que, si el cliente lo amerita y lo solicita, a dar una prueba de traducción. Un promedio alto no garantiza haberse encontrado con un buen traductor, de la misma forma que un promedio modesto no implica tener adelante un traductor mediocre. Todos hemos conocido el caso del compañero que se ponía nervioso en los exámenes, los pasaba raspando, pero, luego, en el ejercicio de la profesión, resultó ser un avionazo.

Permítaseme, en segundo término, introducir otra variable por la cual considero que es correcto que un cliente pueda pedir o exigir una prueba de traducción. En el caso de los traductores que nos recibimos en la UBA, no podemos negar que se nos entrena, a lo largo de toda la carrera, para traducir material jurídico. El material jurídico, vale aclarar, tiene una jerga específica, una terminología específica y una fraseología determinada a la que nos acostumbramos, quizá, demasiado. Si no nos entrenamos, por las nuestras, en otro tipo de traducción (técnica, literaria, médica, científica, por ejemplo), salimos con la mirada demasiado puesta en lo jurídico y nos resulta muy difícil salir de ese discurso. Entonces, sucede que egresamos de la carrera sabiendo usar una sola herramienta y, lamentablemente —como hay que comer y, en ese trance, aceptamos casi cualquier trabajo— es posible que tratemos cualquier texto como si fuera un texto jurídico. Yo he visto, con mis propios ojos, textos sencillísimos, de naturaleza técnico-comercial (concretamente, un manual sobre gerenciamiento), traducidos por un grupo de traductoras jurídicas. El resultado: en su mayoría, un desastre: nulo manejo de sinónimos (por cuestiones de estilo jurídico, donde “el locador” es “el locador” a lo largo de las quinientas páginas del contrato), traducción acartonada de frases, que “olían a inglés” en toda la extensión del trabajo; horrores con las voces pasivas, al punto que la frase traducida decía exactamente lo opuesto que la original; imposibilidad de entender de qué iba el texto; en fin, traducciones olvidables, que más que corregir había que rehacer completas. Y les ruego a las traductoras jurídicas que no se ofendan con esto que digo; primero, porque es verdad y lo vi con mis propios ojos, así que es una descripción de la realidad; segundo, porque también he visto textos de igual naturaleza (técnicos-comerciales) traducidos como la mona por traductoras egresados de traductorados científicos literarios. Así que se trata de casos específicos y no de una generalización (por favor, que se entienda bien).

Considero que es lícito, entonces, que el cliente solicite una prueba de traducción. Es lógico que, además de saber que somos graduadas de la universidad tal y cual, que nos graduamos con el promedio equis coma equis, sepa, también —y fundamentalmente— cómo abordamos el texto que nos propone, o uno similar. No olvidemos que el cliente es un consumidor; y como tal, tiene derechos. Y así como nosotros no llamamos a un plomero cualquiera sino al plomero de nuestra amiga, que le hizo un trabajo fantástico y es prolijo (ver un trabajo ya hecho es como haber rendido una prueba), y no vamos a cualquier médico sino al que atendió a nuestra suegra, que dio en el clavo y le curó esa culebrilla rebelde que no se le iba, es lógico que, si el cliente no conoce trabajos que hayamos hecho, nos solicite hacer una prueba de traducción.

Pero, como es obvio, no cualquier cliente está facultado para pedirnos rendir una prueba de traducción. Si viene un cliente a traerme un diploma, una partida, o un instrumento similar, no tengo nada que demostrarle; ahí sí, mi título y mi matriculación al Colegio correspondiente obran como prueba suficiente de mi idoneidad, sobre todo porque ese cliente no tiene los elementos de juicio como para evaluar si mi inglés jurídico es lo bastante bueno, o si el trabajo está bien hecho o no. Allí, el cliente —le guste o no— tiene que confiar en el profesional de la misma manera en que confía en el abogado o en el escribano. Y si no confía, que no nos llame, que llame a otro traductor para que le haga el trabajo, y sanseacabó.

Sin embargo, hay otros tipos de clientes que sí están en condiciones de evaluar con propiedad la calidad de nuestro trabajo. En el caso de una editorial, me parece absolutamente razonable que me tomen una prueba de traducción; es más: me permite quedarme tranquila de que me contratan por mis méritos como traductora; me permite quedarme tranquila de que ellos van a tener bien en claro cómo traduzco, cómo es mi estilo (con sus aciertos y sus puntos débiles), y ellos y yo vamos a trabajar sobre la base de un acuerdo común, y no van a poder venir, un día, al cabo de traducir un libro entero o un capítulo entero, a decirme que “la traducción no nos gustó” o “no alcanza el estándar requerido para nuestra editorial”. Y dentro de esta clase de clientes también podríamos incluir un diario, una revista, una sitio de Internet; es decir, lugares donde haya alguien idóneo que pueda juzgar nuestro trabajo. Cada uno de nosotros podrá discernir la persona y la ocasión.

Pero nótese que, hasta ahora, no toqué el tema del dinero; y a eso voy a referirme ahora. También es importante, como otro capítulo de este tema, que la editorial, o el diario, o la revista que desee contratar nuestros servicios, abone esa prueba. No es bueno que la prueba de traducción sea gratuita. En primer lugar, porque no va a ser la primera vez en que el cliente se “manda la avivada” de encargar, so pretexto de una prueba de traducción gratuita, a cada traductor aspirante, la traducción de un capítulo de un libro; y, luego, el corrector de estilo unifica los distintos trabajos, y tenemos un libro traducido con costo cero. Nones. En segundo lugar: es importante que si entregamos algo de nuestro conocimiento, volcado en la traducción, y si, para hacerlo, tuvimos que invertir parte de nuestro valioso tiempo, se nos pague por ello. Aunque sea una suma simbólica. Aunque sea un pancho y una lata de Pepsi (que me gusta más que la Coca): necesito que mi esfuerzo y mi tiempo sean recompensados.

Y en el caso extremo en que veamos que se trata de un cliente importante, que nos interesa atraer, y que obstinadamente se niega a pagar la prueba de traducción, utilicemos algún truquito para no entregar la prueba de traducción completa. Si nos dan un capítulo de un libro, negociemos —a cambio de que se tratará de una prueba gratuita— el poder entregar sólo las páginas pares o las impares, de modo tal que, si el cliente desea hacer un uso inapropiado de nuestra prueba de traducción, no le resulte tan sencillo completarla. Y nótese bien: no hablo de la mitad de un capítulo, de la página uno a la 10, pongo por caso. Sólo las páginas pares o las impares. O en el caso de un documental (con los que yo estoy tan familiarizada), no hacerlo completo; hacer sólo párrafos selectos. Se puede argumentar, en este caso, que, para ver la calidad del traductor, basta y sobra con párrafos sueltos que totalicen diez minutos de un documental cualquiera, siempre y cuando en esos diez minutos haya suficientes “tropiezos” que nos permitan evaluar la pericia del traductor para sortearlos. Y ésa es una selección que le corresponde hacer a la persona que nos propone la prueba de traducción; está en ella saber seleccionar los párrafos.

Como conclusión: me parece que abroquelarse en posiciones extremas cuando bien podemos encontrar soluciones transaccionales, que dejen conformes a ambas partes, es esencial en nuestra profesión. Y me atrevo a escribir este artículo y a proponer algunas razones y soluciones en el marco de una profesión como la nuestra, en la cual los golpes que nos asestan ciertos clientes —al no pagarnos, al pagarnos “a los premios”, al menospreciar nuestro trabajo, al pagarnos menos dinero que el que nuestro trabajo vale— hace que nos pongamos una caparazón extremadamente dura y nos resistamos, en ocasiones, a salir de ella.

Alumnos y profesores: ¿qué platillo de la balanza pesa más?
Hace un par de semanas, estuve a punto de anotarme en un curso cuyo título era: "¿Es útil una didáctica medieval para alumnos posmodernos?" y, a manera de síntesis sobre los contenidos del curso, se enunciaba: "Durante el curso, se explicarán diferentes técnicas para preparar el mensaje y diseñar imágenes visuales, así como también se describirán las habilidades físicas de presentación de dicho mensaje".

Me gusta la docencia. Y tengo la teoría de que la clave del proceso enseñar/aprender está en el alumno, no tanto en el profesor. Si el alumno no planta el traste en el asiento en el asiento, no pasa nada. El profesor que tiene adelante puede ser el mismísimo Einstein, pero el alumno no va a absorber ni a entender nada si no pone de sí la parte más sustancial de la relación. Lo he visto en numerosas ocasiones: hasta que el alumno no cuenta con la motivación interna suficiente para sentarse a estudiar, para concentrar todo su esfuerzo y su concentración y "darle bolilla" a "la materia", no pasa nada importante. Me rectifico: sí pasan cosas importantes pero desagradables: más malas notas, más frustración, más incomprensión de "por qué al nene le va tan mal en (la materia tal y cual)".

Y tampoco opino que no haya que remozar la forma de presentar el conocimiento. Por supuesto que me parece que sí. Sin embargo, se corre el riesgo de que un curso equis o una materia equis se convierta en un despliegue de pirotecnia vacía y sin mucho sentido, en una sucesión de cuadritos de Power Point proyectados por un proyector carísimo para transmitir lo mismo que pudo haberse dicho con dos o tres cuadros sinópticos en una hoja de papel o en el pizarrón y un buen diálogo entre el profesor y el alumnado.

Claro: resulta mucho más fácil hacerle creer al docente que es él el que tiene que perfeccionarse o el que falla, porque es un blanco ideal para venderle un curso o libros de metodología o lo que sea. Y no digo que no haya profesores "de madera": los que no son claros cuando explican, los que estúpidamente dan por sabidos ciertos temas, los que son incapaces de explicar un tema dado de (al menos) tres maneras distintas, los que no escuchan (prestan atención) a las necesidades del alumnado, y los que lisa y llanamente no llevan la clase preparada. Tampoco digo que, como profesores, no debamos perfeccionarnos. Lo que digo es que cada docente debería arriesgarse a dar un pequeño discurso antes de comenzar el ciclo de clases en el cual informe al educando que son ellos los que tienen por delante la tarea de aprender; el profesor ya tiene la materia sabida (insisto: aunque siempre haya lugar para ampliar conocimientos).

Y digo "arriesgarse" porque hay muchos institutos de inglés que con tal de no perder la fuente de sus ingresos (el alumnado) "vende" tanto a padres como a chicos la idea de que pueden aprender jugando, casi sin estudiar, con métodos supuestamente innovadores, y eso es mentira.

La esencia de aprender un idioma, historia, geografía, matemática, música, repostería, lo que sea, reside en dedicar tiempo al aprendizaje. No hay forma de aprender si no nos detenemos a practicar, a reflexionar sobre lo que el profesor dijo en clase, si no abrimos los libros, los diccionarios, los apuntes. El peor mito de todos los que existen en materia de docencia es, a mi entender, el del "profesor inolvidable", ése que "era tan, pero tan claro que ni tenías que estudiar. Con leer en el recreo anterior, ya sabías todo". Seamos serios, no nos mintamos: al momento de tener que rendir examen, hagamos memoria de que todos, todos los que tuvimos a este "profesor inolvidable" teníamos que sentarnos a estudiar DE VERDAD; no bastaba con repasar los temas "por arribita".
El subtitulado de películas: la pasión en 32 caracteres
Esta vez no quiero referirme en general a la traducción de películas -que tiene dos vertientes, el doblaje y el subtitulado-, sino a esta última técnica.
Cuando se trata de traducir para subtitulado, los traductores tenemos, por un lado, mayor libertad que en la traducción para doblaje en cuanto al texto que decidimos insertar en la película cada vez que habla un actor o varios. Y digo que tenemos mayor libertad porque cuando traducimos para doblaje debemos atenernos no sólo al lapso que se inicia cuando el actor abre la boca para hablar y que termina cuando cierra la boca, sino también a lo que se llama "sincro" o "lipsing"; es decir, tratar de que el texto que concibe el traductor coincida tanto como sea posible con las inflexiones bucales que realiza el actor que vemos en pantalla.

Por otro lado, sin embargo, tenemos mucha menos libertad en el subtitulado que en el doblaje, porque debemos atenernos a la medida del subtítulo. En el caso de la productora para la que yo trabajo, ese límite son 32 caracteres (espacios incluidos) y no más de dos renglones por subtítulo.

En buen romance: los traductores que realizamos subtitulado tenemos que traducir y además tener una excelente capacidad de síntesis. Parafraseando al gran Horacio Quiroga en su "Decálogo del perfecto cuentista", "un subtítulo es un parlamento dicho por un actor pero libre de todo ripio". Hay que eliminar adjetivos superfluos, por ejemplo. Hay que evitar datos inconducentes. Aquellos "signos comunicativos" que sean universales (o casi universales) o fácilmente entendibles desde la gestualidad ("sí", "no", risas, llantos, bufidos, suspiros) se evitan; no son motivo de subtítulo.

Por este motivo, en más de una ocasión los traductores nos hemos granjeado la antipatía de cierto público, ese que dice: "¡Pero el subtítulo no dice TODO lo que dice el actor!". Claro que no. Si tuviéramos que poner TODO lo que dicen los actores, el espectador tendría todo un testamento en pantalla, cosa que resultaría bastante enojosa.

Como siempre se dice: lo ideal sería poder ver la película en su idioma original; es decir, saber el idioma en que originalmente fue concebida la película (cosa idéntica sucede con los libros). Ciertamente, hay una emoción en el idioma original, un carácter particular; cada lengua tiene una personalidad muy definida que valdría la pena aprovechar, pero nos resulta, en la práctica, imposible aprendernos todos los idiomas que nos interesan. Aprender un idioma demanda mucho dinero: honorarios de profesores, material de estudio, tiempo invertido de nuestro tiempo, horas de práctica, de escucha de cintas, de lectura de libros.

Entonces, el papel del traductor aquí es fundamental: de ninguna manera pretendemos reemplazar ni el aprendizaje de un idioma dado ni podemos reflejar, a veces, esa emoción que transmite la lengua original. Más bien, por el contrario, un subtítulo es algo bastante frío que apenas informa al espectador de qué está sucediendo en pantalla. Pero somos un puente, un puente necesario; queremos ser un puente. Quienes estudiamos esta profesión, por lo general, nos interesa unir dos culturas, dos públicos, dos personas dadas. Y ésa es la pasión de la que hablo en el título: una pasión vertida (resumida) en 32 caracteres.



La memoria como ayuda para aprender un idioma extranjero
Si hay un tabú fuerte en el mundo de la enseñanza y del aprendizaje, ése es el de aprender cualquier cosa de memoria. Desde hace rato ya, nos inculcan que es preciso "razonar", poder "decirlo con tus propias palabras". Y está bien: si no entendemos lo que estamos leyendo, vamos a repetir como loros y todo el tiempo destinado a leer y aprender será inútil.

Pero cuando se trata de aprender un idioma extranjero —sobre todo, cuando somos adultos—, es necesario —imprescindible, diría yo— echar mano, hasta cierto punto, de la memoria. Es preciso "armarse un argumento" para poder luego hablar con soltura. Y ese "armado del argumento" lo podemos hacer solamente repitiendo varias veces (muchas veces) los párrafos necesarios y aprenderlos de memoria.

Es cierto: hay personas que tienen una "caradurez" increíble (lo digo en el buen sentido, claro está) y hablan de cualquier cosa en cualquier ocasión, y lo hacen aceptablemente bien. Pero no a todos nos pasa lo mismo. Personalmente, cuando no sé bien de qué voy a hablar, o cuando se habla de un tema que no me interesa, me quedo muda, y esto me pasa en mi lengua materna, el castellano. Imaginen, entonces, lo difícil que me resulta en inglés. En cierto punto, entonces, me di cuenta, cuando aprendía inglés, de que necesitaba llevar mi "argumento" aprendido de memoria, y también me di cuenta de que, al tener bien claro en mi cabeza qué quería decir y cómo lo iba a decir, había ganado en seguridad y en confianza en mí misma.

Este proceso no sólo se da al aprender un idioma extranjero; también sucede cuando hablamos en nuestra lengua materna, el castellano. Supongamos que vamos a la oficina de la empresa de televisión por cable a hacer un reclamo porque nos facturaron dinero de más. Antes de entrar, nos preparamos el "argumento": nos imaginamos explicándole a quien nos atienda cuál es el problema con la facturación, por qué consideramos que nos cobraron de más, y nos preparamos para lo que nos pueda responder la persona que nos atiende. Prevemos, imaginamos qué nos van a decir y nosotros volvemos a imaginar qué vamos a retrucar, cómo vamos a negociar algún monto que la empresa insista en cobrarnos y que nosotros consideramos que no corresponde. Es decir, en nuestra cabeza armamos el "argumento" completo de explicaciones, posibles preguntas y posibles respuestas.

Tengo una alumna que es ejecutiva de una multinacional, de nivel intermedio, casi entrando a avanzado. Cada tanto, necesita estar presente en reuniones en las que sólo se habla inglés. Y este método de armarse el "argumento" le funciona bárbaro: por supuesto que sabe de qué se va a hablar en la reunión; es decir, hay un tema base (o varios temas base) sobre el que va a tener que hablar. Entonces, arma un "argumento", varios párrafos donde explica lo que tenga que explicar. Ese "argumento" se lo aprende de memoria. En base a eso, imagina qué tipo de preguntas le van a hacer los ejecutivos con los que se reúna. Las anota y les da una respuesta a cada una, que también se aprende de memoria. Y con eso ya tiene una base, una "estructura", razonada, por supuesto, pero bien aprendida de memoria, con el vocabulario bien fresco, con estructuras correctas, para hablar con tranquilidad. Y si aparecen preguntas inesperadas, con el entrenamiento que ya lleva a la reunión —el haber aprendido de memoria una cantidad de "formas de decir las cosas"— puede tranquilamente "pilotear" lo imprevisto y contestar con la mayor corrección posible.

Cuando nos aprendemos este "argumento" de memoria, lo que estamos haciendo es incorporar palabras a nuestro vocabulario personal; estamos adoptando formas de expresar nuestras ideas, maneras de decir las cosas, estructuras y conceptos. Y eso que aprendemos "de memoria" —pese a la carga negativa que tiene esta metodología, tan injustamente desprestigiada—, nos ayuda a que, el día menos pensado, ya no tengamos que aprender nada "de memoria": ya vamos a tener una reserva de palabras, conceptos, ideas y estructuras suficiente como para poder hablar en el idioma extranjero como si fuera el nuestro propio, el idioma materno, nuestro idioma de nacimiento.

Otra pregunta que suelen hacerme mis alumnos es cuántas veces tienen que repetir el "argumento" para aprendérselo. Y mi respuesta es siempre la misma: hasta que puedas repetirlo, a tu vez, como si estuvieras hablando en tu lengua materna, casi con la misma facilidad y soltura. Depende de cada uno; para algunos será diez veces; para otros, ochenta. Y también les respondo que estudiar no hace mal, no enferma. Muy por el contrario: estudiar cualquier cosa (pero cualquier cosa, desde ingeniería nuclear hasta ikebana) siempre, pero siempre, siempre, nos hace mejores seres humanos.
Un poco más de dulzura para con el traductor de películas
Suelo publicar algunos artículos que escribo en Igooh. Allí mismo tengo publicado un artículo sobre técnicas para mejorar el rendimiento cuando tenemos que ejercitarnos en el área de "listening", al aprender un idioma extranjero. En mi caso, ese idioma extranjero es el inglés (y el italiano, que tengo bastante olvidado y del cual, por supuesto, no trabajo como traductora).

Una persona cuyo nick no recuerdo posteó debajo de tal artículo un mensaje sobre el que se alude a "qué mal se traduce para subtitulado", palabras más o menos. Bueno, es una queja frecuente: suele decirse que "el traductor no tradujo todo lo que dijo el personaje" o directamente, sin más precisiones, que "el subtitulado estaba mal hecho".

Además de enseñar inglés, soy traductora pública, graduada en la Universidad de Buenos Aires, y quiso el destino que mi primer trabajo fuera como traductora de documentales y películas, para varios y conocidos canales de cable de la Capital Federal. Y también quiso el destino que yo siguiera haciendo ese mismo trabajo, además de otros, hasta el día de hoy. Desde mi primer traducción de un documental sobre plantas medicinales del Antiguo Egipto hasta hoy pasaron casi once años. Así que en este terreno tengo alguna experiencia.

Vayamos por partes: es cierto que hay subtitulados malísimos, que irritan cuando uno mira la película. Pero también es cierto que los traductores de películas estamos limitados por una serie de pautas técnicas que tienen que ver con la cantidad de caracteres (letras, espacios, números y signos de puntuación) que podemos utilizar en cada "cartelito" del subtitulado, con la cantidad de segundos que puede estar un "cartelito" en pantalla, con la cantidad de líneas que puede tener dicho "cartelito" y con la cantidad de información que brinde la película. Teniendo en cuenta estas limitaciones, en realidad creo que la tarea de subtitular una película, más que un trabajo, es más bien una especie de milagro.

La cantidad de caracteres por línea

Según el programa de traducción para subtitulado que uno emplee, el traductor de películas podrá emplear entre treinta y dos y cuarenta caracteres por línea del subtitulado. Eso incluye letras, números, espacios y signos de puntuación. Créanme: es muy poco para "decir todo lo que dijo el personaje".

Sin duda alguna, llegamos así a una primera apreciación: el traductor de películas para subtitulado tiene que tener una extraordinaria capacidad de síntesis. Algunos datos van a quedar afuera, sí o sí. No hay vuelta.

La cantidad de líneas por "cartelito" del subtitulado

Entiéndase por "cartelito", cada vez que lo menciono en este artículo, cada línea o grupo de dos líneas que aparece en una película o serie o documental subtitulado cada vez que habla un personaje. La cantidad máxima de líneas por cartelito es de dos. Imagínense tener que leer tres líneas cada vez que el personaje dice algo: además de tapar, en televisión, un tercio de la pantalla, y no sé cuánto en cine, no habría tiempo para leer todo.

Nuevamente, aquí es donde se pone en juego la capacidad del traductor para ser sintético, aunque haya que recortar información que no resulta esencial para que el espectador comprenda la película.

Hay quienes, de todas maneras, opinan que "por qué no poner tres líneas en los subtítulos, porque así la gente leería más". A mí me parece que una película no es la mejor ocasión, ni siquiera una ocasión aceptable, para que a nadie le agarre el amor por la lectura. Para hacerse amigo de la lectura, más bien hay que hacerse amigo de los libros y del diccionario, empezar a tocarlos de a poquito y ver que no atacan, abrirlos, olerlos (el olor del papel es muy rico) y decidirse a leer una página por día. Para el que no es amante de los libros, 365 días no están mal como plazo para leer un libro de unas trescientas páginas, por ejemplo.

El tiempo de permanencia de cada cartelito

El tiempo de permanencia de cada cartelito del subtitulado conspira también contra cierta "pureza" de la traducción. Un cartelito de una sola línea no puede estar menos de un segundo en pantalla. Una duración menor a un segundo tornaría imposible su lectura (o la dificultaría mucho). Un cartelito de dos líneas no puede estar menos de un segundo y medio en pantalla, pero de preferencia debería poder estar dos segundos o un poco más. Y según las reglas con las que yo trabajo, ningún cartel puede estar más de seis segundos en pantalla.

Esto, en cuanto a pautas técnicas; pero lo cierto es que conspira contra la estética y la comprensión de la película que un cartelito esté en pantalla antes o después del momento en que el personaje comienza a hablar, y que dicho cartelito se vaya de pantalla antes o después de que el personaje termina de hablar. Y hay que tener en cuenta que el acto de habla, salvo casos muy excepcionales, se da con mucha rapidez, tanto es así que se inventó la estenografía (la taquigrafía) para escribir a la velocidad de la palabra.

Conclusión: el poco tiempo que puede estar el cartelito en pantalla también hace que deban recortarse datos que sí dice el actor cuando habla, pero que no resultan esenciales para comprender la película.

Las condiciones bajo las cuales trabajamos los traductores

También es útil que el espectador tenga en cuenta las condiciones bajo las que suele trabajar el traductor. Quien piense que hay un equipo de varios traductores al servicio de traducir cada película, o que el traductor es uno solo pero que tiene un mes para pensar cada subtitulado, para expresar lo dicho por los actores de una manera más efectiva, para "perfeccionar" de alguna manera su traducción, se equivoca. Los traductores de películas trabajamos siempre "para ayer". Solemos tener muy poco tiempo para hacer la traducción y pocas veces podemos revisarla exhaustivamente.

Téngase en cuenta que traducir una película de una hora y media (un largometraje) a mí me lleva unas nueve horas cuando dispongo del libreto original. Cuando no dispongo de él y debo desgrabar lo que dicen los actores, puede llegar a llevarme entre doce y quince horas, dependiendo del acento con que hablen los personajes, de la temática de la película (porque ese factor incide en cuánto tengo que investigar en Internet sobre el tema de la película), del ruido ambiental que permita o no una mejor escucha del material auditivo, entre otros factores. Y les puedo asegurar que luego de ocho horas de trabajo, el bocho me queda hecho puré. Imagínense luego de doce o catorce horas, entre las cuales, por supuesto, traté de tomarme un recreíto.

Yo personalmente puedo decir que entrego un muy buen borrador como traducción de las películas y documentales que traduzco. Sólo cuando el documental tiene unos cuarenta y cinco minutos de duración o menos puedo leerlo a fondo, eliminar redundancias, ver si puedo agregar algún dato que dejé de lado, mejorar sintaxis y demás retoques. Cuando se trata de películas de una hora y media, y sobre todo esas películas que están más habladas que partido de truco, hago un repaso de las partes que más trabajo me dieron. Luego de eso, suena el timbre y tengo que entregar, como sucedía con los exámenes del colegio.

Ojalá la traducción pudiera pasar por las manos de varios traductores con buenas ideas, para que cada uno pudiera aportar algo positivo y constructivo; pero creo que ni así podría lograrse una traducción como la sueña el espectador promedio, un subtitulado que "diga todo lo que dijo el actor".

La estética de la pantalla y lo que el espectador busca en una película

Pero también hay una razón estética que atañe a la película y de respeto a la inteligencia del espectador: aunque los traductores pudiéramos explayarnos mucho más en cada cartelito, hay una cuestión de estética de la imagen que hace antipática la existencia misma del subtitulado.

El subtitulado es un mal necesario, que surge de nuestra imposibilidad de conocer todos los idiomas en que se filman películas, o de la imposibilidad de conocer tan a fondo uno o dos idiomas (por ejemplo, el inglés y el francés) que podamos ver películas en dichos idiomas sin ayuda del subtitulado. Tendríamos que conocerlos casi como nuestra lengua materna, y dicha situación no se verifica en un altísimo porcentaje de casos. Por lo tanto, el subtitulado tiene que, a la vez, estar y pasar inadvertido. Tiene que ayudar, pero no romperle la paciencia al espectador que, en definitiva, va al cine o enciende el televisor para ver imágenes, acciones, actitudes y para escuchar diálogos, no esencialmente para leer.

Y en lo que atañe al respeto a la inteligencia del espectador, la cuestión es muy simple: los traductores que intentamos hacer bien nuestro trabajo (y que en una abrumadora cantidad de casos lo logramos) recurrimos también a la síntesis porque consideramos que el espectador atento e interesado en la película puede completar, a partir de ver las acciones dramáticas y los gestos de los actores, lo que omiten los cartelitos que componen el subtitulado.

En fin, podría yo extenderme durante varios párrafos más sobre esta tarea tan específica, pero me gustaría detenerme aquí y dar espacio a la reflexión de los lectores: la tarea de traducir parece fácil, "cosa de niños", pero no lo es. No se trata simplemente de saber el idioma materno y un idioma adquirido, y ya está, ya puedo traducir. Hace falta estudiar técnicas y procedimientos de traducción, estudiar semiología y lingüística porque el acto de traducir implica un acto de habla en el que hay que tomar en consideración las actitudes del que habla y del que escucha el discurso, y además hay que perfeccionarse en distintas ramas del conocimiento respecto de las cuales uno quiera ser traductor. El mero hecho de que una persona domine el castellano y el inglés, por poner un ejemplo, no hace que automáticamente pueda traducir textos de cardiología. Créase o no, también hay que estudiar cardiología; tal vez no al nivel de un médico, pero sí hay que estar bien familiarizado con la rama del conocimiento elegida para poder traducir con fundamento.

Son muchos años de estudio, los que hemos estudiado la carrera de traducción, y merecemos un trato más considerado, como profesionales que somos.

Cierro repitiendo un concepto que ya dije antes: la traducción, más que una tarea, más que un trabajo de traducción, es más bien un milagro.

Lo que sucede y lo que se viene
Les comento a todos los seguidores de este sitio, sus amigos, mis amigos, mis parientes y etcéteras que tengo un nuevo lugar en Internet, el blog http://claritoycastellano.blogspot.com, donde sigo publicando mis puntos de vista (muy particulares, claro) sobre el idioma castellano, el idioma inglés, la traducción de un idioma a otro, la corrección gramatical y de estilo y algunas otras cuestiones.

Por otra parte, se viene una segunda edición del Diccionario de Falsos Cognados Inglés-Castellano, con muchísimo más material. Tengan paciencia porque escribir lleva tiempo, y tiempo es lo que me hace más falta.
LUISA FERNANDA LASSAQUE
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